Laura Núñez Serrano. Psicóloga Sevilla.
Psicóloga psicoanalista, especialista en adultos, individual, en el centro de Sevilla. Número de colegiada: AN/06609. Teléfono 609977615. NICA 48363
Hola, me llamo Laura Núñez Serrano y tengo más de 20 años de experiencia trabajando como psicóloga en consulta privada en Sevilla centro. (Calle Recaredo 20, 6ª planta, puerta 2), con temas relacionados con la depresión, ansiedades, miedos, duelos....
También consulta online por videoconferencia o teléfono, siempre previa cita, desde cualquier parte del mundo.
Tengo mi despacho autorizado y reconocido por la Junta De Andalucía, para el ejercicio de la psicología, e inscrito en el registro estatal de profesionales sanitarios como centro sanitario NICA 48363.
LA DEPRESIÓN DESDE LA TERAPIA PSICOANALÍTICA CONTEMPORANEA
La depresión se ha convertido en una de las grandes protagonistas de nuestro tiempo. Hablamos de ella en conversaciones cotidianas, leemos sobre ella en medios de comunicación y, probablemente, todos conocemos a alguien que la ha experimentado o la hemos sufrido en primera persona. A menudo se describe como un trastorno del estado de ánimo, un desequilibrio químico que debe ser corregido con medicación. Pero, ¿y si la depresión fuera algo más complejo y profundo? ¿Y si, en lugar de un simple fallo en nuestro cableado cerebral, fuera una respuesta a nuestra historia, a nuestras relaciones y a la forma en que nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás?
El psicoanálisis contemporáneo, y especialmente su rama relacional, nos ofrece precisamente eso: una mirada que devuelve la complejidad y la humanidad a la experiencia depresiva. Lejos de verla como una enfermedad con una causa única, la entiende como un fenómeno profundamente relacional. No se trata solo de lo que ocurre "dentro" de la persona, sino de lo que ocurre "entre" las personas y de cómo esas experiencias se internalizan, moldeando nuestra psique.
Este artículo propone un viaje para comprender la depresión desde esta perspectiva, abandonando las etiquetas simplistas para adentrarnos en la rica y a veces dolorosa trama de la subjetividad humana. Exploraremos cómo las pérdidas, la culpa y los mandatos sociales se convierten en caldo de cultivo para el sufrimiento depresivo, y lo haremos de la mano de casos hipotéticos que dan vida a estos conceptos.
De la pérdida del objeto a la pérdida del yo: La herencia freudiana
Para entender el presente, debemos mirar al pasado. Todo comienza con Sigmund Freud y su obra fundamental "Duelo y melancolía" [citations:1]. Freud estableció una distinción crucial que sigue iluminando nuestra comprensión actual. Observó que el duelo y la melancolía (lo que hoy llamaríamos depresión grave) comparten síntomas: desazón profunda, pérdida de interés por el mundo exterior y una inhibición de la capacidad de amar. Sin embargo, hay una diferencia fundamental.
En el duelo, el mundo se ha vuelto pobre y vacío porque hemos perdido a un ser querido o un ideal importante. Es un proceso doloroso pero saludable, un trabajo psíquico que, con el tiempo, nos permite despedirnos y reinvestir nuestra energía en nuevos objetos y proyectos.
En la melancolía, en cambio, es el yo mismo el que se vuelve pobre y vacío. La persona se sumerge en autorreproches constantes, se siente indigna y despreciable. Freud descubrió la clave de esta diferencia: en la melancolía, la persona no logra separarse del objeto perdido. En lugar de eso, se identifica con él. "La sombra del objeto cayó sobre el yo", escribió. Esto significa que los reproches que el melancólico se dirige a sí mismo son, en realidad, reproches dirigidos al ser amado que se ha ido. Sus lamentos son, en el fondo, acusaciones.
EJEMPLOS
Caso 1: El duelo congelado de Ana
Ana, una mujer de 45 años, acudió a terapia tras el fallecimiento de su madre. Habían tenido una relación compleja, marcada por la exigencia y la falta de demostraciones de cariño. Sin embargo, tras su muerte, Ana no podía dejar de llorar. Pero su llanto no era solo tristeza; iba acompañado de una voz interna que le repetía: "No fui lo suficientemente buena hija", "Debería haberla querido más", "Merezco sentirme así". Dejó de ver a sus amigos, abandonó sus aficiones y se sumió en una profunda apatía, convencida de que ya nada tenía sentido sin su madre, a pesar de que en vida la relación fuera tensa.
Desde una óptica psicoanalítica, Ana no estaba simplemente haciendo un duelo, sino que había caído en una identificación melancólica. Incapaz de procesar la ambivalencia de su amor y odio hacia su madre, y de aceptar la pérdida, internalizó la figura materna. Ahora, el verdugo vivía dentro de ella, castigándola con los reproches que quizás siempre deseó hacerle a su madre. El trabajo terapéutico no consistió en animarla a "seguir adelante", sino en ayudarla a desenredar esa madeja de sentimientos, a diferenciar su propia voz de la voz internalizada de su madre, y a permitirse sentir la rabia y la tristeza sin culpa, para así poder, finalmente, elaborar el duelo.
El precio del amor: La culpa y el Superyó. Otra gran aportación freudiana es el concepto de Superyó, esa instancia moral interna que heredamos de los mandatos y prohibiciones parentales. En un principio, renunciamos a nuestros deseos para no perder el amor de nuestros padres. Pero Freud descubrió una paradoja terrible: cuanto más virtuosa es una persona, más renuncias se impone, más culpable se siente. El Superyó se convierte en un juez implacable que se satisface castigándonos.
Esta dinámica es el núcleo de muchas depresiones.
Personas que han vivido toda su vida anteponiendo las necesidades de los demás a las suyas, cumpliendo con las expectativas ajenas, y que de repente se sienten vacías y sin energía vital. Han pagado el precio del amor con la moneda de su propio deseo.
Caso 2: El peso de ser perfecto.
Carlos es un hombre de 38 años, exitoso abogado, casado y con dos hijos. A los ojos del mundo lo tiene todo. Sin embargo, acude a consulta porque se siente "muerto por dentro". Describe una sensación de vacío constante, una falta de ilusión que le impide disfrutar de sus logros. "He hecho todo lo que se suponía que debía hacer", dice con voz apagada. "Estudié la carrera que mis padres querían, me casé con la mujer que ellos aprobaban, trabajo en el bufete de mi padre... ¿Por qué no soy feliz?".
La depresión de Carlos no es por una pérdida, sino por una renuncia sistemática a su propio deseo. Su vida ha sido un continuo "ceder" ante lo que el Otro esperaba de él. Lacan, retomando a Freud, diría que la tristeza depresiva es, a menudo, una claudicación ante el propio deseo, un abandono de la aspiración más íntima a la realización personal. La culpa que siente Carlos no es por haber hecho algo malo, sino por haberse traicionado a sí mismo. El desafío terapéutico fue ayudarlo a conectar con aquello que verdaderamente deseaba, a escuchar su propia voz por encima del coro de mandatos internalizados, y a asumir la responsabilidad y la angustia que implica vivir una vida propia.
La depresión contemporánea
El psicoanálisis contemporáneo no solo revisa los conceptos clásicos, sino que los pone en diálogo con nuestra época. El discurso social actual nos bombardea con un imperativo de felicidad, éxito y goce constante. La tristeza, el fracaso y la frustración, partes ineludibles de la vida, se han convertido en algo prohibido, en un signo de debilidad personal. Esta tiranía de la positividad, tiene un efecto devastador.
El mandato de "disfrutar" a toda costa, de consumir experiencias y objetos para llenar un vacío, solo consigue agrandarlo. Cuando el objeto de consumo fracasa en su promesa de felicidad plena, la consecuencia es la decepción, la apatía y, finalmente, la depresión . Además, vivimos en una era de vínculos líquidos, como diría el sociólogo Zygmunt Bauman. Las relaciones son cada vez más frágiles y provisionales. Esta fragilidad genera una profunda inseguridad: deseamos un amor sólido, pero al mismo tiempo lo mantenemos "flojo" para poder desanudarlo sin dolor si es necesario. Esta imposibilidad de compromiso y la sensación de ser sustituibles alimentan un sentimiento de soledad y vacío existencial.
Caso 3: La prisión de la felicidad obligatoria
Sofía, una joven de 28 años, llega a terapia con síntomas de ansiedad y aburrimiento crónico. Pasa horas en redes sociales comparando su vida con las vidas "perfectas" que ve en sus pantallas. A pesar de tener un trabajo creativo y una buena relación de pareja, siente que "no es suficiente". "Debería estar más feliz", repite constantemente. "Mi vida es buena, ¿por qué me siento tan vacía?". Este pensamiento la llena de culpa y la sume en una tristeza difusa.
La depresión de Sofía es un fenómeno profundamente contemporáneo. Su malestar no nace de una pérdida concreta, sino de la distancia abismal entre su vida real y el ideal de felicidad exuberante que le venden a diario. El imperativo superyoico ya no es solo "debes ser bueno", sino "debes ser feliz" . Al no alcanzar esa meta imposible, su autoestima se derrumba. El trabajo con Sofía implicó, en gran medida, desactivar esa exigencia paralizante. Se trató de ayudarla a cuestionar esos ideales, a darle permiso para sentir tristeza, aburrimiento o frustración sin que eso la convirtiera en un fracaso, y a reconectar con experiencias auténticas que no estuvieran mediadas por la mirada del Otro virtual.
Conclusión: Recuperar la palabra y el deseo
Lejos de recetar una pastilla para silenciar el malestar, el psicoanálisis relacional y contemporáneo propone escucharlo. La depresión no es un error, sino un mensaje. Un mensaje críptico que habla de pérdidas no elaboradas, de deseos sacrificados, de relaciones internalizadas que nos tiranizan y de un vínculo con el mundo social que nos enferma.
Como apunta Pierre Skriabine, no existe "la depresión" como entidad única, sino "las depresiones", múltiples y singulares, cada una con una causa estructural y una relación particular con el deseo y el sufrimiento de cada sujeto .
La cura por la palabra no es un consuelo banal. Es un proceso de reconstrucción, un trabajo arqueológico para desenterrar al sujeto sepultado bajo los escombros de la culpa y la renuncia.
La terapia psicoanalítica ofrece un espacio donde, por fin, se puede hablar de lo que verdaderamente importa, donde el sufrimiento encuentra un cauce para ser dicho y, al ser dicho, transformado.
El objetivo no es la felicidad permanente —quimera de nuestra época— sino, como señaló Lacan, la posibilidad de no ceder en el propio deseo, de reconciliarse con la propia verdad y de vivir una vida, con toda la complejidad y los conflictos que ello conlleva, pero una vida que, por fin, se sienta como propia.
Para quienes conviven con la depresión, esta mirada ofrece algo profundamente valioso: la certeza de que su sufrimiento tiene un sentido, de que no están "rotos" y de que, a través de la palabra y el vínculo terapéutico, es posible construir puentes para regresar a sí mismos y al mundo.